Julio César Jiménez
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Málaga, 1972
MUERTE DE ADRIANO POR HIDROPESÍA DEL CORAZÓN
Pálida y blanda, la piel del anciano
refleja su roce con el mundo.
Transporta un paraíso recién estrenado,
un día más de prórroga
para seguir representándose.
Aún se percibe vida en sus ojos (que casi no existen)
porque le acierta a la luz con la boca.
Lleva los huesos al aire
para que al corazón le entre sin atascos
el último frío de la edad.
Lo tiene hinchado
de tanto cebarlo de joven
con luciérnagas adolescentes
que ya desmenuzó dentro
su caudal de sangre,
por eso se derrama a menudo
cuando tose y saca el pulso al descubierto
y se precipita al suelo
como una enorme rosa muerta.
La muerte le pide la vez al hombre.
Le licua la emoción de fabricar un cuerpo
a la altura del sueño, una desviación de la historia.
(De La sed adiestrada, 2008)
LOS HOMBRES DESAFORTUNADOS
Digan lo que digan
existen ternuras
que se cimientan
derribándose,
que necesitan tentar el desastre
para no olvidarlas nunca.
Acechan desde cornisas de luz
y ni cerrando los ojos
evita uno tenerlas dentro.
Es todo un espectáculo.
Hay que verlas
instalándose en los hombres
con corazones de plomo,
incomprensiblemente
para el que no sabe
que las locuras tiernas
no duran nada.
Sin creerlo, estos hombres no encuentran
con qué abrazar algo
que pudo entrar yéndose,
que ya no estaba al pronunciar
una palabra franca.
Por eso van por la calle con paso extraño,
empujando el tiempo con movimientos
invisibles, tirando
de agujeros tales
que vaciarían vidas enteras.
Van por ahí mismo, por allí,
en cualquier esquina,
unos tras otros.
(De La sed adiestrada, 2008)